De
una reunión intrascendente entre iguales a un diálogo
constructivo con todos.
Adrián
Leiva.
Han
transcurrido varios días de la culminación en La Habana de la
reunión entre el gobierno de Cuba y una pequeña delegación de
emigrados. La forma en que fue convocado el evento provocó
airadas críticas en el exilio. La población de la Isla apenas le
prestó atención. La irrelevancia del acto solo tuvo eco en la
prensa oficialista y entre aquellos que se afanan buscando
señales de cambio en la nueva jefatura. A un amigo la situación
le provocó hurgar en el recuerdo y en la lejanía de la niñez
encontró una imagen comparativa para este acontecimiento, Con
esa gracia especial que tienen los cubanos para el humor,
bautizó la reunión con el nombre de Amigo y sus amiguitos, un
programa infantil de la televisión nacional ya desaparecido.
Más allá de la
chisposa actitud de mi amigo, de la ignorancia o el relieve que
se le quiera dar a la convención, quedan algunos puntos que
merecen un análisis puntual por lo que representa la
problemática de la emigración y sus diferentes aristas. Lo
primero que destaca es el aumento sostenido de la salida de
compatriotas hacia cualquier parte del planeta. Ni el mismo
gobierno lo puede ocultar, y aunque ahora se refiera a esto como
un dato curioso, los números reflejan el fracaso del modelo
económico y político imperante desde hace más de cinco décadas
en el país.
Al margen del
derecho que le asiste al gobierno cubano para convocar
encuentros y conferencias que sigan sus pautas, se desprende que
el título que habían dado hasta el momento a este tipo de
reuniones, identificadas como Nación y emigración, no era el más
apropiado. El rechazo a aceptar esa titularidad se justifica
precisamente en la selección de los invitados. A la nación
cubana pertenecen por derecho natural todos sus hijos, por
encima de cualquier posición política o ideológica. Basta haber
nacido cubano para ser parte inseparable de una condición que no
se sustenta en asentimiento a un gobierno, partido o poder
político. Cubanos contra el bloqueo y el terrorismo queda más
acorde con lo que se puede esperar en este tipo de
concurrencias.
Una pregunta
obligada recae sobre la representatividad de los asistentes a la
cita en el Hotel Nacional, quienes no fueron elegidos por la
mayoría, o al menos con el conocimiento, del grueso de la
comunidad emigrada. En la actualidad se calcula la existencia de
dos millones de cubanos diseminados en los cinco continentes.
Gran parte reside en Estados Unidos, específicamente en el
estado de la Florida. Cabe cuestionarse si en la agenda, en el
caso de que hubieran tenido alguna, de los que fueron a La
Habana el pasado marzo estaban los temas que interesan y afectan
a buena parte de la emigración cubana.
Uno de los
aspectos que quedó en evidencia en el encuentro de marzo es que
los cubanos que viven fuera de su país no cuentan con una
representación, no constreñida al escenario de la confrontación
política e ideológica, con la suficiente fuerza para tratar sus
asuntos en estos niveles. A pesar de haber alcanzado una cifra
notable de residentes en el exterior, la población de la
diáspora sigue carecido de un aglutinante que defienda intereses
comunes. Por ejemplo, una representación de los emigrados debe
discutir con las autoridades de la isla sobre las regulaciones
que atentan y socavan los legítimos derechos de todo cubano,
independientemente de su lugar de residencia, así como los
abusivos recargos e impuestos arancelarios que pesan sobre ellos
en materia de pasajes, llamadas telefónicas, envíos de remesas y
ayuda a sus familiares. En la mesa de diálogo de la nación, o
mejor decir los que la gobiernan, y los nacionales que viven
fuera de ella estarían cuestiones de suma importancia para la
unidad de la familia cubana, y existiría una meta plausible en
la eliminación de esas y otras barreras impuestas.
De igual
manera esa representación podría mediar en el diferendo que más
afecta en estos momentos, que es la política enfrentada entre el
gobierno cubano y el de Estados Unidos. No sería objetable
entonces que pudieran buscar en la misma medida en que lo harían
hacia el interior, una apertura externa que llevara a la
eliminación de medidas restrictivas y regulaciones que atentan
contra el normal ejercicio del derecho de los emigrados cubanos
en relación a su patria de origen. Así se lograría desbloquear
de todas las trabas que lo dificultan, el flujo comunicativo
entre las dos orillas. Comunicación humana de la que dependerá,
más que del comercio, inversiones y turismo, la buena salud de
la sociedad cubana.
Los pasos para
que este camino se abra no son difíciles de lograr. Solo se
necesita la voluntad de hacerlo. Apostar por la espera ilimitada
de los acontecimientos es una posición irresponsable. Dejar la
mirada puesta en los resultados electorales del próximo
noviembre en la Casa Blanca es una actitud que refleja poca
seriedad. Los emigrados esperan un cambio donde ellos sean
protagonistas verdaderos. Lo desean. En el exilio existe un
liderazgo en disposición de lograr ese empeño. Conversar
significa también escuchar. Solo se puede hablar y oír cuando
hay dos partes en diálogo. Lo contrario sería un monólogo y esto
ha demostrado ser a la larga ser una postura no constructiva.
Enfrentar criterios encontrados no debe un obstáculo que frene
este proceso. La nueva dirección del poder en Cuba debe
demostrar su capacidad ante lo que resulta una responsabilidad
histórica ineludible.