La confabulación antidemocrática en pleno
funcionamiento.
Miguel
Saludes
El reproche lanzado por Hugo Chávez a sus
seguidores, a los que responsabiliza del resultado obtenido en
el referendo constitucional, puede esconder algo más que la
frustración que domina al gobernante ante la derrota sufrida.
Tras calificar la victoria de sus oponentes, y a estos mismos,
de manera vulgar, la emprendió con los que desde las filas
bolivarianas le asestaron lo que define como golpe traidor.
Según sus propias palabras el pueblo venezolano no está maduro
para el socialismo. Lo dijo como el que ofrece un regalo de
lujo, del cual no se han hecho merecedores los destinatarios.
¿Para qué gritan ahora? Fue la pregunta, casi despectiva,
lanzada a los miles de seguidores que coreaban Chávez no se va.
La pose histriónica del “Comandante”, como le vitorean sus
partidarios, logró calar en el sentimiento de estos cuando
manifestó que gracias a la actuación de los que no votaron por
el Sí, ahora tendría que irse una vez concluido su mandato.
Incluso dijo, podría tomarse unas vacaciones adelantadas, para
que tuvieran una idea de lo mal que iba a estar Venezuela cuando
él dejara las riendas del gobierno. Tal vez así los ciudadanos
ganaran conciencia del desastre que significaba la no aprobación
de las reformas socialistas.
La escena
anterior recuerda la despedida del Comandante cubano en los albores de la
Revolución. Aquel simulacro de renuncia significó el inicio de una larga
estancia en la cima del poder. El gesto desató el fervor de las masas y la
instauración de una dictadura que todavía perdura a casi medio siglo. Chávez
acaba de reeditar el acto. La reacción de la fanaticada roja fue inmediata.
Junto a las declaraciones de mea culpa, mezcladas con llanto, se escuchan
llamados desenfrenados a luchar por el presidente. Los pedidos para acabar
con la libertad de expresión se confunden con el vocerío histérico dirigido
contra los responsables de esta vergüenza aprovechada por el imperialista
Bush. Solo faltaba la solicitud de paredón a los “traidores” y “escuálidos”.
El corro callejero repite frases preocupantes como aquella que proclama el
poder para el pueblo. Y no es que sea malo que el pueblo tenga poder, sino
que ese deseo expreso pueda ser la señal esperada por quien se abroga los
derechos que le corresponden al soberano.
Existen
otros detalles en el panorama venezolano que no pueden perderse de vista en
estos momentos. Son las opiniones vertidas por los incondicionales externos
del chavismo. Los que le apoyan desde Cuba, quienes evidentemente esperaban
el éxito del SI, confiesan que Hugo les tenía mal acostumbrados con tantos
triunfos electorales. Parece que esta vez hasta el Supremo de La Habana cayó
en la trampa de la confianza excesiva. Una vez superado el estupor se impone
la justificación ante el fracaso de la implementación democrática del
socialismo estilo cubano. La causa no puede ser otra que los golpes bajos,
externos e internos, dirigidos desde Estados Unidos. Los estudiantes que
llevaron la voz cantante en la movida anti totalitaria son los mercenarios
de ocasión.
Por su
parte los marxistas convencidos, no necesariamente autodefinidos como
castristas o estalinistas, señalan a otros enemigos, causantes del
descalabro. Los incriminados son los comunistas de Venezuela, esos de línea
dura que siguen a pie juntillas el legado del Gran Timonel soviético. Los
ataques más fuertes van dirigidos contra la agrupación Bandera Roja, acusada
junto a su líder Gabriel Puerta de pro imperialista y reaccionaria. Ahora
resulta que los miembros de ese partido fueron los protagonistas de los
actos de violencia durante las pasadas manifestaciones estudiantiles. Los
supuestos izquierdistas moderados enfatizan el papel jugado por el que
definen como cabecilla principal de los universitarios rebeldes, que para
colmo se nombra Stalin. Contradictoriamente señalan que el joven se destacó
desde edades muy tempranas en la lucha partidista y por su inclinación pro
castrista. Se respira aires de revanchismos. La lista negra ha comenzado a
cobrar forma sin importar las tendencias ideológicas. No escapa nadie que
haya aportado un grano en la derrota.
Otro
comentario, hecho con aderezo troskista, proclama que en la lucha contra el
capitalismo no pueden existir ambigüedades. Todo hay que hacerlo de manera
bien radical, elecciones incluidas. Según el criterio aparecido en Aporrea,
las urnas son un error clásico que ha costado el poder a las revoluciones.
Nada de teorías a lo Gandhi, procesos cívicos o comisiones de la verdad. La
incitación a la toma del mandato a la brava resulta evidente en el análisis
firmado por Franz J. T. Lee de la referida página. La conclusión que se
desprende del escrito es que Venezuela debe descartar los métodos
democráticos, vicio capitalista, y emprender la construcción del socialismo,
sin importar los costos que ello signifique.
Por su parte las
consideraciones aparecidas en un artículo Rosa Miriam Elizalde, enviada
especial de Juventud Rebelde al evento del 2 de diciembre, ponen de relieve
la amenaza que se levanta en el horizonte venezolano. La periodista cubana
señala que de ahora en adelante no es posible para el proceso bolivariano
mantener el factor electoral como un peso principal en la adopción de
tácticas y estrategias que atañen directamente a las necesidades y derechos
de la población. Y añade: “Un previsible objetivo para los tiempos que se
avecinan será incorporar otras vías movilizadoras que consoliden todavía más
la indudable vocación democrática de la actual Venezuela.” Conociendo de
donde viene el pronóstico puede tenerse una idea sobre el contenido de la
propuesta.
La postura de Chávez después
de conocerse los resultados del referendo, el ambiente creado entorno a la
votación, el enardecimiento de las pasiones entre sus partidarios, y una
campaña de criterios orquestada por diferentes tendencias de la izquierda
internacional, bajo la batuta inspiradora del castrismo, pueden ser la punta
del iceberg que aún no se ve en todas sus dimensiones. Como bien nos
recuerda la propia reportera del diario cubano, todavía la nación venezolana
debe navegar durante cinco años en medio de peligrosas marejadas.