A diez años de una visita
histórica
Miguel Saludes
Tuve la
suerte de llegar a Polonia apenas una semana antes que las volutas de humo
blanco anunciaran al Cardenal Karol Woitila como nuevo Sumo Pontífice de
la Iglesia Católica. Fue una experiencia inolvidable ver a sus compatriotas
en las calles, orando, con la emoción incontenible de lágrimas y risas
brotando de manera espontánea. No se explicaba esa reacción en un país
supuestamente comunista y aliado de Moscú. Los sucesos por venir darían
razones de aquel desborde de sentimientos contenidos por tanto tiempo. Pero
el signo de cambio que traía Juan Pablo, con su carisma y don personal,
trascendería las fronteras de su patria.
Sus
visitas a la tierra natal, ya como obispo de la Iglesia Universal,
provocaron un movimiento inusitado dentro de los muros del Este. La profecía
se cumplió diez años después. El Papa viajero dejó la misma impronta
liberadora en numerosos rincones del mundo en los que estuvo. Cuba no quedó
excluida de su itinerario misionero. Una visita prometida desde finales del
ochenta, tardó en producirse casi después de una década. El sello de
popularidad que ostentaba el Papa y los anhelos de la sociedad cubana en
aquel momento, hacían inconveniente aquella estancia. Finalmente el Gobierno
comunista consideró oportuno agasajar al Pastor. Tal vez pensaron que la
edad avanzada y la evidente disminución de las capacidades del hombre
enfermo, le harían menos peligroso.
En la
isla caribeña el anuncio de su viaje fue suficiente para despertar alientos
de esperanza. La bienvenida que identificó aquella peregrinación quedó
ampliamente justificada. No eran palabras huecas para adornar un plegable o
para remarcar la importancia del visitante. La gente esperaba ansiosa su
llegada. Las expectativas eran muchas. No hubo, ni ha habido, en todos
estos años alguien que calara tan hondo en los corazones cubanos. Las
primeras palabras pronunciadas a su arribo al
aeropuerto José Martí en La Habana, quedaron para los anales de la
nación. Por primera vez en cuarenta años el pueblo escucharía pronunciar
abiertamente las palabras Dios, fe, amor y perdón.
Decirle
a la gente que ellos eran protagonistas de su propia historia era frase
fuerte. La persona individual recibía el mensaje de que solamente ella tenía
en sus manos la responsabilidad de su futuro. Este no le correspondía a un
gobierno, una ideología o la masa indeterminada. El Papa les dijo a los
cubanos que cada uno tendría que hacer por si y para si lo que no podía
seguir esperando de nadie. Les correspondía actuar en su condición de seres
formados a imagen y semejanza del Creador, con libertad plena.
Cinco
días, cuatro grandes misas, muchos encuentros repletos de mensajes y signos.
La figura del anciano encorvado y de manos temblorosas, no provocó burla o
rechazo. Menos aún lástima. Su autoridad digna, llena de sabiduría y
respeto, solo despertaba admiración. Fue una lección de la potestad
manifestada con amor, no con autoritarismo. La autoridad de un padre
comprensivo que atiende a todos sus hijos por igual. Por eso cuando habló
para los jóvenes, estos le acogieron como a uno de ellos. Así fue siempre,
desde sus días de sacerdocio en Polonia, donde los estudiantes acudían a él
en busca de consejo o para compartir un rato de deporte.
Los de
Cuba fueron días inolvidables. Las experiencias abundaron. Por vez primera
el escenario del Comandante era ocupado con éxito rotundo por un hombre
vestido con hábitos religiosos. El estado frente a la Religión. Dos hombres
muy diferentes signados por dos formas de poder: el político y el divino. La
fuerza de la fe frente a la idea materialista. Dos interpretaciones de
gobierno: servicio para los hombres y el servirse de los hombres. También
dos maneras de enfrentar las adversidades del tiempo: la vejez y la
enfermedad. El grito lanzado por uno y acogido por cientos puso en tensión
los rostros de los anfitriones partidistas. La voz circuló como un ave
agorera alrededor de sus cómodos puestos. El Papa libre nos quiere a
todos libres.
Las
anécdotas de aquella jornada son innumerables. El Sagrado Corazón de Jesús,
arrancado de tantas casas por razones obvias, se levantó en apenas unas
horas en la vía pública. Ahora la imagen enorme cubrió el frente de la
Biblioteca Nacional. Los ojos de Jesús con su mirada profunda, sorprendieron
a muchos transeúntes aquella mañana del 23 de enero. Allí estuvo apenas tres
días. Uno lanzó una frase de indignación al ver la figura, pero la mayoría
manifestaba otros sentimientos ante la estampa del Nazareno. Decían palabras
llenas de dulzura o simplemente se persignaban sin ocultarse. Expresaban
cosas hasta ese momento, inconfesables.
El Papa
se fue. Puede pensarse que todo siguió igual con su partida. Al menos es lo
que ha tratado de hacer ver el Gobierno cubano. No ocurrió así. Cierto que
los planes de Dios no se plasman como los del hombre. Pero se asientan firme
a su paso. Las transformaciones primero ocurren en el corazón. Y esos
cambiaron mucho desde que por ellos pasó el Papa. A diez años de la
memorable visita, la prensa oficial y los medios de comunicación al servicio
del partido único, la ignoran. Ha sido una práctica constante, casi desde el
mismo instante en que el avión de protocolo despegara de suelo cubano. Desde
entonces no han faltado temas para tratar de velar los recuerdos que dejara
Juan Pablo en Cuba. Pero en vano se empeñan los hombres cuando el Señor de
la Historia es el que obra. La semilla que trajera en su nombre Juan Pablo
II terminará por germinar en nuestra tierra cubana. El Papa sigue dando
ánimo a los sembradores.